26 Abril: Pajarillos paradisíacos

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Pájaros del Paraíso

¿Se puede hacer enlentecer o acelerar el tiempo?, que un minuto parezca un siglo; y, un año un segundo. O, incluso ¿se puede detener?, sin que ello suponga inmovilidad, por muy contradictorio que esto pueda ser. En el mundo de la especulación imaginaria es posible. Es el Paraíso, el jardín en el centro del laberinto. Algunos místicos avezados logran ejecutar la cabriola del saltimbanqui para atravesar por el mismísimo corazón del tiempo en la eternidad del instante presente. A diferencia de los Siete Durmientes (<22 octubre) que saltan por el tiempo de manera involuntaria, los santos de hoy viajan a conocer el Paraíso o permaneciendo en el claustro buscan con intensidad trascender el tiempo, experiencia que les ocurre en vigilia, aunque sólo se dan cuenta de que han perdido la noción del tiempo hasta que regresan al tiempo convencional.

Aunque en la Europa medieval el Paraíso se buscaba por Occidente, en el océano Atlántico, la influencia bíblica del Edén de Oriente llevó a algunos exploradores visionarios por los vías del este. Se conocen una media docena de versiones literarias, con un aire de familiaridad entre ellas, aquí sólo citaremos a San Macario Romano y a San Amaro.
En general el Paraíso Terrenal se confundía con otros temas semejantes: el mito pagano de la Edad Dorada de los orígenes felices de la humanidad; con su doble, el Paraíso Celestial, reservado para los bienaventurados; o con otros modelos del Más Allá en las tradiciones precristianas (celta, germánica, etc.). De hecho en la mitología céltica aparecen pájaros, continuadores de la arcaica Diosa-Ave, que poseían la facultad de inducir con su canto sueños curativos y sanadores. En Bretaña era Dredaine, en Gales los pájaros mágicos de Rhiannon, y en Irlanda la diosa Clíodna poseía tres pájaros mágicos cantantes.

San Macario Romano

El legendario San Macario Romano (10 octubre), se acercó a menos de una jornada de viaje del mismísimo Paraíso Terrenal, situado en Asia Central, quizá por donde los budistas sitúan su Shambala, en la cumbre del sacratísimo monte Kailasa, cerca del Lago de la Mente (Mana Sarovar). El lugar fue hallado por tres monjes sirios, decididos a viajar a pie hasta el extremo Oriente, «donde el cielo y la tierra se tocan», y quienes a su vuelta transmitieron la noticia en Vita Sancti Macarii Romani, texto del siglo V en griego, traducido al latín en el siglo IX. Los tres viajeros tuvieron que pasar por experiencias terribles, encuentros hostiles y peligrosos con monstruos demoníacos y soportar sufrimientos extremos, hasta que encontraron a San Macario, quien además de narrarles su vida, les contó sobre el Paraíso lo que él únicamente pudo vislumbrar brevemente, pues «nadie puede entrar en ese lugar vestido de carne». Esta obra, que refleja metáforas de la doctrina cristiana de tipo moral y ejemplificante, influyó en otras posteriores, por ejemplo, en la Rusia medieval o en el mundo hispánico.

San Amaro

● Se especula que hacia el siglo XIII algún monje cisterciense escribió en latín la vida de San Amaro (15 enero), un santo desconocido, que era más bien una leyenda a lo divino. En la Península Ibérica fue traducida al portugués y al castellano, con varias versiones que se difundieron a partir del siglo XVI. La leyenda de San Amaro pervivió en la tradición local gallega y su culto se extendió por el noroeste ibérico, donde tiene dedicadas muchas ermitas en Galicia, Asturias y norte de Portugal, cuyos habitantes llevaron esta devoción a Madeira y Canarias. En las islas atlánticas a San Amaro lo celebraban con romerías nocturnas con fama de «licenciosas y libertinas».
El nombre de Amaro parece ser una trasliteración de San Mauro (también 15 enero), discípulo de San Benito, aunque sin relación con él, el autor del relato pudo pensar en Amaro = Amargo, un tópico de la amargura que hay que soportar en las vías espirituales que siguen el principio de la renuncia, el predominante en las tres religiones monoteístas de Occidente.
A San Amaro se le aplicó alguna de las leyendas celtas de viajes a las islas del Paraíso en el Océano Atlántico al estilo de la navegación de San Brandán (<16 mayo), aunque reconducidas en sentido bíblico a Oriente. El periplo de San Amaro es una típica descripción monástica sobre la práctica de los ejercicios ascéticos hacia la iluminación espiritual, con alegorias de los problemas y dificultades que plantean los itinerarios meditativos de la vía religiosa hacia Dios. Aunque, tras su expansión popular, poco importaba la simbología y al final solo destacaban los elementos exóticos, al estilo de los relatos maravillosos insertados en las narraciones de viajes.
El San Amaro legendario era un rico varón obsedido por saber donde estaba el Paraíso Terrenal, por eso preguntaba a todos los peregrinos que pasaban por su comarca si tenían alguna noticia al respecto. Una noche tuvo una revelación de que su anhelo se cumpliría y le mandaba iniciar un viaje en barco sin preguntar por donde lo llevaría Dios. Tras un tiempo de navegación llegó a la isla de Tierra Desierta, a pesar de que la tierra era fértil, allí encontró varones toscos y tentadoras mujeres hermosas; siguió por el Mar Rojo de las pasiones; encuentra una tierra con Fuente Clara, donde era posible gozar todos los placeres imaginables, pero previendo el apego que ello depara, vuelve a navegar; se aterroriza en el Mar Cuajado, por inmovilizar las naves, y los monstruos hundían los cadáveres en las profundidades del mar, necesitando una argucia para levantar el viento y poder escapar; arriba a una Isla Desierta habitada por bestias salvajes indomables, que se mataban unas a otras en el día de San Juan; un ermitaño le indica que siga a Oriente y consigue llegar al Valle de las Flores, donde el monje León por fin le da detalles de cómo encontrar el Paraíso Terrenal. Primero busca un monasterio femenino, donde la madre superiora y su sobrina le dan las últimas instrucciones para poder presentarse dignamente a tan sagrado lugar en la cima de una montaña. Una vez arribado admiró la clásica visión del Palacio deslumbrante de colores, y gracias al permiso del ángel portero se le permitió echar una ojeada desde el umbral. Amaro estuvo una hora absorto mirando tan delicioso paisaje, encantado con el trino melodioso de los pájaros, y contemplando como en el centro se adoraba a la Virgen María con cantos, música y danzas de doncellas. Cuando regresó a la realidad habían pasado 236 años, otras versiones mencionan los tres siglos de rigor.
● Existe otro San Amaro Peregrino (siglo XIII) (10 mayo), un francés que recorrió el camino de Santiago, y se instaló para atender a pobres y enfermos en el Hospital del Rey de Burgos, donde también se le recuerda en la ermita de su nombre, ambos edificios en el Camino de Santiago.

San Virila de Leire y los saltos en el tiempo

El monje absorto en el tiempo

● San Virila de Leire (siglo X) (03 octubre) es el más conocido de los abades del monasterio navarro de San Salvador de Leire y patrono de la localidad cercana de Tiermas.
En círculos benedictinos se tejió la leyenda que atribuye al santo abad Virila un salto en el tiempo: paseando un día por el bosque, junto a una fuente, al escuchar el trino de un ruiseñor, se sumió en trance y siguiendo al pajarillo que entonaba tan bellísima melodía, se internó en la espesura del bosque. Se dice que Dios le otorgó esta gracia, en respuesta a las múltiples oraciones en las cuales pedía algún testimonio de los gozos del Paraíso, en referencia al misterio de la eternidad, concepto que, como suele ocurrir, él confundía con la perpetuidad. En el éxtasis, aprendió que el tiempo es un relámpago en la mente divina, y la eternidad un instante siempre presente, no una duración ilimitada del tiempo, sino un momento fuera del tiempo.
Pero esta experiencia paradisíaca fue sólo un regalo, hubo de despertar y volver al tiempo perdurable, al cabo de 300 años, que el santo no notó, pues creía que había pasado sólo un rato. Cuando regresó al monasterio, los monjes, al verificar el milagro, entonaron el salmo 89: «Mil años para Ti son como el ayer que ya pasó». Mientras cantaban, entró un pajarillo con un anillo abacial en el pico que colocó en el dedo del viejísimo abad, luego el propio Cristo vino a enseñarle la felicidad última y Virila abandonó definitivamente esta realidad. Todas las experiencias sublimes, como indica este nombre referido a todo aquello que se eleva hasta justo debajo del límite celestial, siguen perteneciendo al mundo de las ilusiones, por muy beatíficas y maravillosas que sean, se necesita atravesar más allá del Más Allá, fuera del espacio-tiempo, que curiosamente está aquí y ahora, justamente en este momento presente.
● Aunque la leyenda del salto en el tiempo es muy antigua y universal, la versión monástica tuvo mucho éxito y se extendió por toda Europa, propagada por los cistercienses. Es el añorado Paraíso de las Aves (Paradisus Avium) con sus fuentes, hierbas floridas y árboles frutales. Los pájaros, seres aéreos o «espíritus santos», se presentan en los iconos de los santos, cerca de sus oídos, para susurrarles las inspiraciones divinas. También es universal la creencia en el alma desligada del cuerpo que vuela como un pajarillo, durante las fantasías imaginarias, los sueños y los trances ilusorios.
El milagro también se cuenta que le sucedió al fabuloso abad San Ero (1176) (30 agosto), el «monje del pajarillo», en el monasterio cisterciense de Armenteira (Pontevedra), relatado por Alfonso X el Sabio en la Cantiga 103.
El tema llegó hasta la abadía cisterciense de Heisterbach (Renania Norte) donde el prodigio le ocurrió a un joven monje bibliotecario al seguir a un canoro ruiseñor desde el jardín del claustro hasta el bosque, quizá el hayedo que daba nombre al monasterio (Heisterbach = «Arroyo del hayedo»).
● Asociados a estas leyendas también son múltiples los relatos de pajarillos que, con el pico y las alas, limpian las imágenes de la Virgen, por ejemplo, a la Virgen del Puy en la torre central del puente que da nombre a Puente la Reina (Navarra), torre que luego fue demolida y la Virgen trasladada a la iglesia de San Pedro; o a la Virgen de la Luz en Almonacid de Zorita (Guadalajara). En la tradición popular alegorizan el trabajo incansable y la pureza.

San Veremundo de Irache

San Veremundo de Irache (1020-1092) (08 marzo), siendo aún niño, ingresó en el monasterio benedictino de Irache (Navarra) donde era abad su tío Munio, que había creado un hospital, convertido en un lugar estratégico para los peregrinos jacobeos, hasta la fundación de la cercana Estella en 1090. A la muerte de su tío Munio, Veremundo fue nombrado abad y bajo su dirección, el monasterio experimentó un notable incremento. Cuando se produjo la introducción del rito latino, el abad de Irache se alineó con los defensores del rito mozárabe.

Un milagro paradisíaco ocurrió durante una época de hambre, cuando miles de personas se acercaron al monasterio en solicitud de ayuda. El abad, que estaba celebrando la misa, se recogió en oración y de pronto la gente vio como una paloma blanca se posaba sobre las cabezas de los asistentes y luego regresó al cielo. Todos sintieron saciada su hambre y se encontraron fortalecidos. En la tradición popular las narraciones de los «gozos» le atribuían innumerables poderes milagrosos. La etimología popular de su nombre interpreta que significa «verdaderamente limpio».

En 1839, tras la desamortización de los monasterios, los vecinos de Arellano y Villatuerta, que se disputaban el honor de haber sido cuna del santo, llegaron a un acuerdo para disponer de las reliquias del santo abad durante cinco años en cada pueblo. San Veremundo es patrón del Camino de Santiago en Navarra.

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