22 Octubre: Los Siete Durmientes

LOS SIETE DURMIENTES DE ÉFESO … Y DE LOJA

Los Siete Durmientes de Éfeso

Siete Durmientes de Éfeso

● Las leyendas sobre los viajes en el tiempo conocen variados aspectos, el más típico es el relato de una persona que entra en trance involuntario o queda dormida y así permanece durante mucho años, al despertar cree que sólo ha pasado un breve lapso de tiempo. Así ocurre con el grupo de los Siete Durmientes de Éfeso o con San Virila de Leire (<26 abril).

Los Siete Santos Durmientes son conmemorados el 04 agosto en el santoral católico, antes el 27 julio, con los nombres de: Maximiano, Jámblico, Martiniano, Dionisio, Juan, Serapio y Constantino. En el Calendario Bizantino se festejan el 04 agosto y hoy (22 octubre), fecha muy próxima a la fiesta principal de Asclepio. Éfeso contó uno de los santuarios de Asclepio más importantes de las antiguas incubaciones oníricas y allí vivió Artemidoro, el mayor exponente de la oniromancia (= interpretación de sueños) griega.

● La fuente de la leyenda de los Siete Durmientes de Éfeso es el relato de una homilía en siríaco de San Jacobo de Sarug, del cual surgieron diez versiones, en Occidente la más conocida es la latina de San Gregorio de Tours del siglo VI, de hecho una de las cuevas excavadas en el entorno del monasterio de Marmoutier, cerca de Tours, se dedicó a los Siete Durmientes. La leyenda, tomada de fuentes tradicionales y cristianizada, surgió como propaganda en el contexto de las abstrusas controversias teológicas sobre la relación entre las dos naturalezas de Cristo, divina y humana, insistiendo en la tesis de la resurrección del cuerpo carnal tras la muerte. El Concilio de Éfeso de 431 avaló el dogma difisita o de las dos naturalezas separadas de Cristo, y al mismo tiempo indisociables, y por tanto llevaba también implícito el dogma de María como Madre de Dios, hecho explícito desde entonces. También la leyenda apoyaba la debatida cuestión sobre la inconcebible creencia en la resurrección del cuerpo humano tras la muerte física al final de este Tiempo, o de los tiempos, en contra de algunas sectas cristianas que negaban la inmortalidad del cuerpo.

El relato se localizó en época de la persecución de Decio, hacia el 250, cuando siete jóvenes varones nobles, recién convertidos al cristianismo, se retiraron a una cueva del monte Celión o Pilón en Éfeso (actual Panayr Dag turco), para esconderse de los esbirros del emperador, mientras oraban y se preparaban para su anunciada muerte, pues no aceptaron el consabido sacrificio de acatamiento del culto imperial, trámite imprescindible para ellos, ya que prestaban servicio en el ejército romano. Allí quedaron sentados y en plácido duermo, pero fueron descubiertos por sus enemigos, y éstos en vez de matarlos, taparon la entrada de la cueva, dejándolos sepultados vivos. Casi dos siglos después, hacia 446, en tiempos del emperador cristiano Teodosio II el Joven, se retiraron las piedras para volver a usar la cueva y los Durmientes despertaron creyendo que había pasado sólo una noche. Después de conocido el milagro se acostaron de nuevo en la cueva para morir y en un sueño ya perpetuo los dejaron yacer. Sobre el lugar se construyó un santuario.

● El relato de los Durmientes de Éfeso aparece en la azora 18 del Corán, «La Cueva», aunque no indica cuantos eran. La tradición árabe desplazó la cueva a otros lugares: en Ammán (Jordania), es un hipogeo romano o bizantino; en Argelia: en Setif, y en Guijdel, junto a una fuente de siete caños; en Yebel Sinam (Yemen). También se dedicaron muchas mezquitas a «La Gente de la Caverna» como son llamados los Durmientes en el mundo islámico, en esta versión acompañados de un perro, guardián de la entrada de la cueva. Con la expansión del Islam, algunos califas mostraron gran interés por las ciencias y las artes, llegando incluso a financiar grandes expediciones para localizar lugares notables citados en el Corán. Así el califa abasí al-Watiq (r. 842-847) encargó al célebre matemático al-Juarizmi la búsqueda de la Caverna de los Durmientes, dando éste cuenta por escrito de los resultados obtenidos.

En Bretaña están dedicados varios cultos a los Siete Santos. En Plouaret (Côtes-d’Armor) se celebra cada año (último domingo julio) un Pardon o procesión (<16 septiembre) que desde 1954 es compartida por cristianos y musulmanes. Tras asistir a la misa católica y al rezo de la Fatiha, se reunen cerca del dolmen de Stivel y de una fuente de la que sale el agua a través de siete agujeros, próximos al emplazamiento de la Capilla de los Siete Durmientes sanadores, edificada a su vez sobre un dolmen que ejerce de cripta.

● El tema es casi universal, se conocen ejemplos en muchos países. Ya Aristóteles refiere una leyenda similar sobre durmientes en Sardes, también en el mundo griego fue muy conocida la leyenda de Epiménides de Creta quien durmió durante 57 años en una cueva, creyendo al despertar que había pasado sólo un rato.

La leyenda está ligada a las ancestrales iniciaciones de «resurrección» o «renacimiento» tras el ingreso en las cuevas, consideradas lugares matrices, donde se procuraba que a través de diversas experiencias mentales se produjera una nueva actitud de la persona tras una «muerte» simbólica. Así se pretendía que los jóvenes renacieran como adultos, los enfermos como sanos, y los descarriados encontraran un buen camino. Los métodos suponían: realizar ritos, inducir trances, incubar sueños, ingerir drogas, ayunos visionarios o cualquier otro artilugio que modificara las pautas habituales de pensar o imaginar la realidad. Una de las consecuencias de tales experiencias es la alteración radical del concepto de tiempo, que al igual que en las absorciones meditativas o de profunda concentración, pueden originar la vivencia de una detención de la habitual secuencia de momentos, para originar una vivencia de suspensión del tiempo.

Los Siete Durmientes de Loja

La Gente de la Caverna

● En la Andalucía musulmana también existió una caverna donde según el geógrafo al-Udri (siglo XI): «En el distrito de Loja, y situada en un monte de fácil acceso, existe una caverna cuyo orificio de entrada tiene una altura aproximada de cuatro codos y junto al cual hay un árbol. Cuando se ha subido hasta allí es preciso descender hasta la caverna propiamente dicha, a una profundidad superior a dos brazas; entonces, se descubren cuatro cadáveres sin que nadie sepa el tiempo que llevan allí, pues las gentes los encontraron así en épocas remotas. … Lo único cierto es que los príncipes mantienen un continuo cuidado sobre ellos y les envían ropas funerarias que son rasgadas y, después, colocadas encima para evitar que sean robadas por alguien que no sea temeroso de Dios».

Al-Udri que visitó la cueva cuenta: «… que aquella caverna era muy oscura y que lo único que encontró en ella fue una soledad tan espantosa que, a no ser por su gran ánimo y su afición a las cosas fantásticas, no hubiese permanecido allí un solo momento. Y refiere que, en el lugar donde se habían visto los cuerpos, sólo había una piedra lisa y dura, y el lugar de sus (supuestas) cabezas estaba ocupado por algo que, en cierto modo, se parecía, pero que sólo era una elevación de la misma roca. Cuenta también que vio en aquella gruta tres calaveras y restos humanos».

● Un siglo después el gran viajero y escritor Abu Hamid el Granadino (1080-1169), que mezcla en sus descripciones fantasía y realidad, señala en su libro «El Regalo de los Espíritus» (Tuhfat al-Albab): «… en al-Andalus … se encuentra Loja, una pequeña ciudad, situada junto a una montaña, en cuya falda se abre una especie de gruta o caverna; «el sol, cuando sale, se desvía de la entrada de la cueva por la derecha, mientras que al ponerse, se aleja por la izquierda» [es una cita de la misma azora 18 del Corán, indicando que la entrada de la cueva estaba orientada al norte]. En su interior pueden verse los cadáveres de siete jóvenes, seis de los cuales yacen de espaldas, mientras que el séptimo lo hace sobre el costado derecho; un perro permanece echado de sus pies. A ninguno de estos cuerpos le falta miembro alguno y todos ellos conservan sus cabellos. Suelen ataviarlos con ropajes diferentes y acuden a visitarlos gentes de todas partes. Sobre esta caverna se ha erigido un gran oratorio, ya que se les tiene mucha devoción, pues atienden cuantas peticiones les son hechas. Sobre la cueva luce siempre una inmensa luz».

● Como toda leyenda tiende a la exageración, Al-Zuhri (siglo XII), añadió que esta Cueva «podría abrigar una gran tropa». También relata una profanación de uno de los cadáveres de los Durmientes, con la consiguiente consternación de todos los lojeños, y como desagravio se erigió un nuevo oratorio sobre la cueva.

Otro autor posterior, Al-Himyari de Ceuta (siglo XIV) añade que cerca del oratorio existía «una construcción romana de forma circular en la proximidad, llamada al-Raqim, parecida a un castillo, del que todavía quedaban algunos lienzos de muralla en pie, en medio de un campo desierto sembrado de ruinas».

Todo parece indicar que la cueva fuera un lugar de culto por la presencia de cadáveres momificados que fue asimilada en la época andalusí a la leyenda de los Durmientes. Tras la conquista cristiana se pierde el rastro de la cueva, aunque cerca de la pedanía lojeña de Ventorros de la Laguna, se mantiene el topónimo de Los Durmientes en un cortijo, próximo al cual Antonio Olmo cree que se encontraba la cueva, ahora colmatada.

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