20 Junio: Calendarios solares de horizonte

Calendarios solares de horizonte

Observaciones prehistóricas del sol en el horizonte

La existencia en la Prehistoria de marcadores, sean solsticiales o equinocciales, sobre el horizonte se debe a varios motivos superpuestos. Su utilidad más práctica era permitir mantener un calendario para fechar las fiestas y ordenar el tiempo social. Desde un lugar fijo, el observatorio sagrado, que estaría cargado de múltiples connotaciones religiosas, se establecía un «calendario de horizonte», basado en la posición de ortos y ocasos del Sol respecto a los distintos elementos topográficos del horizonte local, los marcadores del año. Hay que tener en cuenta que aunque nos centremos más en marcadores típicos de las fechas claves del año, cualquier elemento significativo del paisaje, comprendido entre ambos solsticios, podía servir de excelente punto de referencia para contar el año.

Estas actividades estarían controladas por especialistas directamente ligados a las élites del poder (jefes guerreros, sacerdotes) y por eso también conectados con las ideologías cosmológicas que sustentan tales poderes sociales. La orientación astronómica solar es más característica de templos, santuarios y recintos que suponen un cierto grado de cosmovisión sagrada o religiosa sustentada por regímenes sociales donde la jerarquía dinástica ha alcanzado un cierto desarrollo. El uso de «calendarios de horizonte» se ha evidenciado en muchas culturas, como la azteca y la maya centroamericanas, la hopi del sudoeste de los Estados Unidos o las megalíticas de Europa.

El aspecto religioso de la observación de Sol, Luna y Estrellas estriba en que una vez conocidos los fenómenos celestes que tienen lugar sobre el horizonte se pueden predecir sus manifestaciones y adjuntarlas como hierofanías o apariciones sagradas en los rituales, por ejemplo, celebrar el nacimiento de una divinidad en el amanecer de un solsticio.

Los propios marcadores relevantes del territorio ayudaban a santificar ciertos lugares: el centro del territorio tribal, montañas destacadas, límites y fronteras, etc., relacionados con hechos míticos de las leyendas culturales. Algunos de ellos, debido a su extensa visibilidad, serían puntos de referencia para celebrar reuniones periódicas: romerías, asambleas tribales, mercados, etc.

Las espiras diarias del sol

● La oscilación anual del sol en su ronda incesante sobre el horizonte, girando entre ambos solsticios fue descrita en el Neolítico como una doble espiral, una de ellas representa el desplazamiento durante medio año y la otra la mitad complementaria.

En perspectiva de volumen, la espiral se transforma en una figura de muelle o bobina, siendo el recorrido diario del sol una espira de este muelle, es decir el transcurso sobre el cielo de oriente a occidente por el día, y su invisible viaje simétrico bajo la tierra de occidente a oriente durante la noche.

En África estas volutas, esquematizadas como una onda o línea en zig-zag, adornan los utensilios y los objetos más variados, así como las fachadas de las casas y de los santuarios. Esta decoración es muy frecuente a partir del Neolítico, cuando se acentuó la necesidad de afinar las observaciones solares con vistas a obtener un calendario más preciso para prever la ejecución de labores agrícolas, el desarrollo del comercio y la incipiente navegación marítima, y sobre todo porque la mayor complejidad de la vida en aldeas y poblados requiere de una mayor concordancia temporal para facilitar las citas y los contactos sociales.

Las fiestas y ceremonias religiosas, no eran solo actividades lúdicas al estilo moderno, sino que se pensaba que influían por medios espirituales en los propios cultivos o ganados. Había que ser muy estricto con la liturgia o servicio público a los dioses, en los momentos propicios. Los escrúpulos para ser más exactos en el cumplimiento de los rituales impulsaron el desarrollo de calendarios y la observación de los fenómenos astronómicos. Los conocimientos adquiridos fueron acaparados por los sacerdotes, quienes administrando a su antojo la realización de los ritos y señalando los instantes favorables para las labores, adquirían un halo misterioso que les otorgaba un mayor poder social, pues se convirtieron en mediadores entre los dioses del Cielo y las necesidades terrenales humanas, interpretando a su conveniencia los designios del destino, arrebatando este privilegio a chamanes y hechiceros, que previamente eran los encargados de tales menesteres.

● En la Prehistoria se tomaban elementos del paisaje fácilmente remarcables, como relieves de montañas, los cuales vistos desde ciertas posiciones fijas de observación servían para seguir a lo largo del año el deambular de las estancias del sol, y también de los ortos y ocasos lunares, estelares y planetarios. En condiciones óptimas sólo se necesitaba un punto de mira fijado por la tradición y el conocimiento de la señal referente del horizonte, por ejemplo, una cima de monte o una hondonada del paisaje. Para asegurar una línea maestra de observación se podían añadir, a partir del punto de mira, más marcadores estableciendo hitos o mojones: uno o dos puntos de alza algo más alejados, creando una dirección visual sobre la referencia del horizonte. Al principio pudieron ser simplemente dos estacas clavadas o palos erguidos en un lugar marcado con piedras, o dos cuerdas con un peso en un extremo a modo de plomada, sobre señales en el suelo. El establecimiento se podía hacer marcando en la roca, con dos cazoletas distanciadas, los lugares donde repetir la observación siempre que se quisiera. Así se afinaba la alineación de la observación hacia el punto del horizonte donde ocurría el fenómeno solar o astronómico de interés. Más adelante el método se perfeccionó con un sistema de alineaciones fijadas a conveniencia desde el punto de mira, con varias piedras erguidas que permitían dirigir la observación a diversos elementos destacados de interés astronómico del horizonte local.

Una ventaja de la alineación con varios marcadores de mira y alza es que permite observar en ambas direcciones, pues recordemos la cruz aspada de los solsticios: el orto de invierno está diametralmente opuesto al ocaso de verano, y viceversa, el orto de verano al ocaso de invierno. Si desde el mismo lugar de observación se cruzan dos alineaciones se pueden monitorizar ambos solsticios, al proveer el cotejo de observaciones matutinas y vespertinas. Estas observaciones cruzadas tienen el problema de que la altura del horizonte visible, por ejemplo, si es montañoso distorsiona las alineaciones por el consiguiente retraso en la aparición del sol por la mañana, o de adelanto al desaparecer prematuramente por la tarde, ambos con respecto a un horizonte plano.

Estos primeros tipos de observaciones astronómicas sistemáticas son una tradición antigua que usa simplemente la fijación de ortos y ocasos del Sol sobre el horizonte desde un lugar estable. Este método consigue dividir el año en múltiplos de dos: dos recorridos entre solsticios, uno en cada sentido; si se tiene en cuenta la mitad de cada trayecto, obtenemos cuatro estaciones; y si se vuelven a dividir ambas mitades, se obtienen ocho partes más o menos iguales. La preocupación central de esta astronomía era determinar un calendario de fechas para celebrar los rituales importantes, pero el método era estrictamente observativo.

● Estos calendarios se han documentado en varios pueblos contemporáneos. Un ejemplo es el de los hopi de Arizona: utilizaban observaciones solares en el horizonte para regular sus actividades de siembra y cosecha así como para señalar el acontecimiento de sus fiestas rituales a lo largo del año. Sus vecinos zuni tienen lugares de observación solar que les permiten conocer los solsticios al ocupar los ortos y ocasos del Sol determinadas posiciones destacadas del horizonte. Los mursi de Etiopía examinan el horizonte para reconocer las dos casas del Sol, donde renace en cada solsticio durante su viaje anual. Los polinesios de la isla de Mangareva, a pesar de tener un calendario lunar, determinan el solsticio cuando el Sol renace entre dos piedras visto desde un punto de mira localizado en el centro del poblado.

Los cromlechs y alineamientos de menhires megalíticos servían, entre otras funciones, para determinar, según las direcciones de observación, las distintas posiciones que ocupaban las grandes luminarias en aquellos momentos de sus ciclos que interesaban para fijar los fenómenos anuales y la celebración de fiestas. Una ventaja de estos puntos de mira y referencia estables mediante piedras erguidas es que también servían de gnómones, y a la observación de las alineaciones hacia al horizonte se podía añadir el marcaje de las sombras, en especial de las meridianas, aunque este estudio parece que ocurrió más tardíamente. No es raro que algunos santuarios los erigieran en puntos claves de la posición del Sol en el horizonte. En la Península Ibérica se han distinguido dos tipos de marcas en el uso de calendarios locales de horizonte, en el norte predomina los grabados en piedra, con círculos y espirales, que indicaban la dirección de mira, mientras en el centro y el sur las marcas se integraron en estructuras arquitectónicas.

● Los estudios de etnoastronomía han llegado a ciertas conclusiones parciales sobre la práctica de estas observaciones. A menudo pueden existir dos lugares de observación con funciones calendáricas, uno más refinado y exacto por coincidir con relieves bien destacados, que según su ubicación puede suponer una cierta distancia del poblado, y otro sitio que se encuentra dentro o cercano al pueblo. Si éste es el caso, el observatorio próximo sirve para exámenes anticipatorios, por ejemplo, unas semanas antes de los solsticios, que luego se confirman desde el observatorio principal. Los momentos preferidos de observación suelen ser los amaneceres, seguidos menos veces por los atardeceres. El solsticio de invierno es el acontecimiento más interesante para ser marcado con una alineación confirmatoria precisa, seguido por el solsticio de verano, y lógicamente también cualquier otra fecha significativa del calendario local: fiesta principal, temporadas económicas (cosecha, mercado, etc.).

● Determinar los valores exactos del calendario solsticial mediante la observación del horizonte presentaban dificultades, que no se solucionarían hasta el perfeccionamiento de las observaciones del sol referidas al fondo estelar, aún así, los puntos solsticiales son en principio fáciles de fijar, precisamente por ser paradas del sol sobre el horizonte, aunque la fecha exacta oscile algunos días, se puede calibrar por conteo de días anual y las sombras meridianas, u otras formas empíricas disponibles para muchas culturas prehistóricas.

Por el contrario, los equinoccios eran abstracciones, sólo deducibles por bipartición de la Puerta del Sol o amplitud inter-solsticial, dando lugar al llamado equinoccio mediano o neolítico (<19 junio). Una primera solución vino con el estudio de las líneas diarias que marca la sombra de la punta del gnomon (en un cuadrante horizontal): durante los días equinocciales traza una línea recta, mientras en los días solsticiales se forman líneas curvadas hiperbólicas que no son simétricas respecto a la línea equinoccial, pues ésta queda desplazada más cerca de la hipérbola del solsticio invernal. En épocas más avanzadas, con sistemas matemáticos de división angular de arcos, se utilizaron cuadrantes, bien horizontales, para el mismo fin de determinar azimutes, o verticales para medir las alturas del sol o de los astros. Así las alturas del sol sobre el horizonte a mediodía, ejemplo para latitud 37º N: En los equinoccios (Vernadia y Automdia), la culminación meridiana ocurre según la colatitud (90º – latitud), por tanto el sol se eleva a mediodía a 53º del horizonte. En los solsticios: En Estivadia el tránsito meridiano del sol se efectúa a 76,5º (53º + 23,5º); en Hiberdia sucede a 29,5º (53º – 23,5º).