17 Marzo: Fiestas Liberales y La Mirada Fascinante

DIOSES DE LA LIBACIÓN Y LA MIRADA FASCINANTE

Fiestas Liberales

Fiestas Liberales

● En la antigua Roma se celebraban hoy (17 marzo) las fiestas Liberales (Liberalia) en honor de Padre Líber (Liber Pater), antiguo dios relacionado con la apicultura y las libaciones de hidromiel. Según Varrón: «Se llaman Liberalia porque ese día las viejas, lo mismo que las sacerdotisas de Líber, se sientan por toda la ciudad coronadas de hiedra elaborando pasteles de miel (liba) en un hornillo portátil para venderlos como ofrendas».

Cuando el hidromiel, primera bebida alcohólica de la humanidad, fue sustituido por la cerveza, y sobre todo por el vino, el dios Líber fue asimilado a Baco, el cual se fue pareciendo cada vez más al Dioniso griego. Como epíteto también existió un Júpiter Líber, asociado a las fiestas Vinales (<19 agosto). En principio, libar era beber o sorber, para embriagarse y conectar con los espíritus, aunque luego prevaleció la bebida en sentido ritual: del líquido alcohólico, presentado en un vaso ceremonial, se degustaba solo un trago y el resto se derramaba como ofrenda a los dioses.

Los misterios primitivos de Líber se celebraban en años alternos siguiendo un ciclo bianual. Los ritos de los campesinos eran de tipo orgiástico, para fomentar la fertilidad de los campos, y para repeler el mal de ojo a los cultivos paseaban un enorme falo sobre un carro, iniciando un recorrido desde una encrucijada hacia las fincas y a la ciudad, donde el falo era coronado por la matrona más virtuosa de la comunidad. También estaban presentes los genitales femeninos en las figuras de Líbera, consorte de Líber. Ya desde antiguo se relacionó a Líber como dios de la «libertad», por semejanza fonética, pues no hay parentesco etimológico. Las fiestas incluían la recitación de carmina Fescennina, versos licenciosos y obscenos que provocaban la risa de los congregados, que también se cantaban en las fiestas nupciales. Tampoco Líber tiene relación con libido, concepto referido a cualquier deseo desmesurado, aunque los psicoanalistas freudianos lo aplicaron solo al erotismo.

● La fiesta también debió tener alguna relación con las primitivas iniciaciones juveniles, pues en este día a los jóvenes romanos entre 14 y 16 años se les entregaba la toga viril o toga libera, la «toga de libertad» de color blanco, que significaba la mayoría de edad civil y la aptitud para la guerra y el matrimonio. Después celebraban un sacrificio a la diosa Juventas en el templo de Júpiter Capitolino. Antes habían entregado a los dioses lares la toga infantil o praetexta, ribeteada de púrpura, y se desprendía de la bula (bulla), una cápsula metálica o de cuero que contenía un amuleto que alejaba el mal de ojo y que les había sido impuesto a los nueve días de nacer, junto con su nombre. El nombre de bula remite a «burbuja» y «bulbo» por la forma redondeada de la cápsula donde se guardaban pequeños objetos con virtudes protectoras. Los amuletos fálicos eran frecuentes con el mismo fin apotropaico, palabra que significa «hacer girar o volver» la mirada a otro lado, apartarla, alejarla, para evitar los efluvios transmitidos por los rayos surgidos de los ojos, según las antiguas concepciones sobre la visión.

Fascino y dioses fálicos

Amuletos fálicos

Fascino era el Dios Falo, equivalente al Príapo oriental, personificación de la fuerza viril. Recordemos que palabras como: viril, virgen, virtud, violencia, virus o viscoso; proceden de la misma raíz, con el sentido de «fuerza, energía». Los iconos fálicos jugaban un gran papel como protectores de jardines y huertos, representando la función defensiva de guardianes, o la agresiva de castigadores. En la época clásica eran troncos de árbol en los que se clavaban una estaca enrojecida, de una costumbre parecida también proceden las figuras griegas de Hermes. El falo siempre estuvo asociado a la serpiente, como ocurre en el caduceo, un bastón con una o dos serpientes enrolladas.

● Otro dios fálico romano de tipo indígetes, muy antiguo y poco conocido, es Mutuno Tutuno, ligado al matrimonio, quizá por un primitivo rito de desvirgación ritual de las novias con un simulacro de falo divino. Su santuario se encontraba en la colina Velia, aunque desapareció al final de la República, y su culto se fundió con el de Líber y Fascino. El nombre parece derivado de palabras de argot para el pene.

● Un ejemplo del culto fálico en la Hispania romana se encuentra bajo la ciudad de Clunia (Peñalba de Castro, Burgos) donde en la Cueva Román transcurre abundante agua que surtía a la ciudad a través de pozos. En una cavidad de la gruta se ha descubierto un «santuario priápico» pues presenta numerosas figuras itifálicas y máscaras en barro, algunas con inscripciones.

Aojos, reojos, enojos y antojos

● A Heráclito se le atribuye la afirmación de que «los ojos son el espejo del alma». La fascinación es la magia de la mirada, que en principio puede ser benéfica o maléfica, aunque se suele sobrentender que se trata de la perniciosa, la cual se cree que actúa sobre una persona, e incluso sobre objetos, provocando un daño repentino. En general es una magia espontánea, sin ritual alguno, normalmente involuntaria, nadie reconoce ser aojador.

La creencia en el «mal de ojo» o «aojo» (a-ojo) no es universal, aunque sí está bastante extendida, parece que surge en el Neolítico, probablemente en las primeras urbes del Creciente Fértil en Asia Menor, con el desarrollo de la estratificación social y el aumento de bienes envidiables. Incluso se podría decir que la envidia es endémica en sistemas democráticos, puesto que cualquier pequeña desigualdad, real o imaginaria, puede acabar generando la infamante envidia, y aunque se dice que las sociedades con grandes diferencias entre las clases sociales impiden que la plebe subyugada imagine siquiera la posibilidad de emularse con las élites, a lo mejor sí lo imaginan, pero se cuidan muy mucho de expresarlo. Además atribuir al aojo, como a la maldición y otros hechizos, ser la causa de nuestros males, sirve de excusa o falsa racionalización de los embates de la mala suerte o fortuna: enfermedades, desastres, ruina, etc., desviando la causa a intrigas de supuestos seres o «personas malvadas», que para colmo solían la gente más desgraciada por su posición social: pobres, viejas solas, enfermos tarados.

Según el sentir popular, la mirada es una emanación de los ojos que puede estar cargada de un poder muy agudo. Se temen las miradas duras y fijas, en especial las de envidia (in-vidia: «ver en, mirar contra») y las penetrantes colmadas de enojo (en-ojo), de carácter agresivo como la ira, o de desprecio y rencor. En menos casos, la fascinación se provoca por miradas de reojo (re-ojo) o esquivas, rebosantes de odio, lanzadas a escondidas y de soslayo. En otras ocasiones los ojos con alguna asimetría, cuya mirada parece rara y perturbadora, eran llamados ojos de «doble pupila», expresión antigua que parece designar que ambos iris son de distinto color (heterocromía), o tal vez se refiera al coloboma, una fisura del iris.

También los ojos hermosos y bellos pueden infundir una extraña e inquietante atracción. En muchas partes de la Europa mediterránea las niñas con ojos azules, relativamente escasas, eran consideradas como peligrosas portadoras de la capacidad de fascinar, y en ocasiones se las obligaba a mirar al suelo y a no levantar la cabeza, para no provocar mal de ojo.

La teoría popular estimaba que a la persona envidiosa y enojada le surge desde el fondo de su alma la energía malevolente de su pasión y la dispara contra quien ha provocado su rencor, pudiendo llegar a ser capaz de infundir miedo en la persona observada y procurarle la enfermedad del «mal de ojo». Las mujeres embarazadas y los niños eran los más vulnerables ante la maldad del aojo. Recordemos que hasta hace poco tiempo las tasas de mortalidad infantil eran muy altas, y en el caso de las muertes repentinas, a menudo eran difíciles de asimilar por los padres.

En cuanto técnica de hechicería formaba parte del arsenal de los brujos profesionales, de quienes se creía que eran capaces de provocar el mal de ojo por encargo. Incluso el aojo podía estar provocado por la envidia de dioses y seres espirituales a algún humano destacado por su excelencia, o para afligir y castigar a un mortal arrogante y pretencioso.

La mayoría de animales evitan la mirada fija en presencia de congéneres de rango superior o frente a depredadores. La fama de fascinadoras de las serpientes procede de su mirada mantenida, pues sus párpados unidos son transparentes, lo cual dio lugar al nombre del dragón, del griego drákon, procedente del verbo dérkomai, «mirar fijamente». En la fauna imaginaria destaca el basilisco, capaz de matar con su mirada venenosa, si la mantiene fija en un objetivo concreto.

En principio no hay obstáculo para que la inversa del «mal de ojo», la mirada agradable, provoque el «bien de ojo». En su aspecto positivo, no sólo las personas, también los objetos pueden fascinarnos benevolentemente, en especial aquellos que se presentan de manera atrayente «ante los ojos» en el momento oportuno y nos provocan antojos (ante-ojos).

Hic habitat felicitas, «Aquí habita la felicidad» (Relieve de Pompeya)

● Ya que la causa del fascino es la mala mirada, la forma de evitarla es rehuirla, o intentar desviarla hacia otros objetos de interés. La figura fálica era el más común de los amuletos usados contra el mal de ojo o aojo, pues el pene erguido, así como las escenas eróticas y obscenas son capaces de desviar las miradas de sus metas y atraerlas hacia sí. Plinio lo llamó medicus invidiae, «remedio para la envidia». La exhibición fálica tenia doble función: talismán para atraer fertilidad; y amuleto para desviar las miradas de envidia de quienes contemplan los bienes de una persona afortunada por su riqueza, ganado, cosechas, triunfo, etc. En Roma el símbolo fálico era omnipresente. Muchos cantos obscenos de la Antigüedad en las fiestas agrarias y en las bodas tenían el mismo fin.

Otros antídotos o repelentes anti-aojo son: figuras de gorgonas (cabezas de Medusa), coral, figuras grotescas (en especial si suscitan risa), saliva y cuernos. El uso de la saliva proviene de los escupitajos dirigidos a bichos (sapos, sierpes) y al carácter repelente de los esputos, escupir a alguien es un acto denigrante o como defensa ante los posibles influjos negativos que pueda transmitir una persona, por ello a los niños se le restregaba con saliva (sin escupir) a modo de lustración. Los «saludadores» antes de iniciar sus ritos de curación escupían sobre el fuego, o sobre sus manos, antes de tocar los cuerpos de los enfermos.

Los gestos digitales defensivos más usados fueron: dedo infame o impúdico (levantar el dedo medio, con los demás encogidos), hacer los cuernos (puño con índice y meñique levantados), la higa (pulgar entre índice y corazón). La prevención del aojo se aplicaba a nivel personal (amuletos de filacterias o colgantes), familiar (protección mágica de las entradas de las casas, por ejemplo: ungiendo el umbral o las jambas con grasa o sangre de animales; con pinturas o bajorrelieves), y en espacios de índole económica y social (graneros, murallas, …). Si toda esta parafernalia no impedía el fascino, la persona alcanzada por el mal de ojo podía revertir sus efectos con curas o rituales simbólicos.