07 Enero: La Vieja Tejedora del Destino (II)

LA VIEJA DEL INVIERNO

Vieja Hilandera

● El invierno es señal de ancianidad o fin de año, pero al estar situado entre el otoño decadente y la primavera juvenil, también es el tiempo embrionario o fetal, de tránsito entre lo viejo y lo nuevo. La Vieja es el tercer aspecto de la Diosa Triple (Doncella, Madre y Anciana) que vive en una cueva del monte rodeada de bosques, cerca de una fuente. Su morada subterránea indica que se le adjudica el Inframundo, en la división ternaria del Universo. Lugar seminal de almas, tanto de muertos como de futuros seres vivos. Su carácter es, como la natura, muy ambivalente, puede mostrar todos los matices: desde dulce y tierna, hasta lo más terrible y amenazante.

● La Vieja controla el témpero atmosférico, en invierno cuando nieva es porque sacude su lecho de lana y plumas para mantenerlo bien mullido. Se muestra en el arco iris, nieblas, remolinos de viento y tormentas, aunque estas últimas las dejó en manos de sus furiosos hijos, que acabarían suplantándola. Era comparada con Luna en su división ternaria de creciente, plena y menguante. Se la señalaba en las manchas de la cara de la luna y su fase era la Luna Vieja próxima a su ocultación durante tres noches.
En época neolítica, después de las cosechas de verano y recolección de frutas de otoño, que le estaban dedicadas en cuanto Vieja del Grano, en invierno ella era la despensera que cuidaba de la harina, amasaba y cocía el pan. Hasta el siglo XIX existía la costumbre de que los adultos guardaran un poco de pan y al regresar de su trabajo en el campo dieron a los niños el «pan de la Vieja», contándoles que se los había dado una amable anciana, que casi siempre adoptaba forma animal: pájaro, liebre, gata, zorra, … El horno de pan estaba incluido en los templos de la Europa neolítica.
En cuanto Vieja Hilandera procede de las Diosas Tejedoras del Destino que reparten la suerte del bebé en el momento de su nacimiento. En los cuentos tradicionales es frecuente la figura de la Vieja que hila oro o plata en un cuarto del palacio celeste. La luna era Diosa, personificada o figurada como animal, con el poder de tejer y destejer el Velo de las ilusiones y la Tela de las apariencias imágicas que rigen el destino de la vida de cada ser humano. El huso de la rueca de la Vieja es el Eje del Universo. Aunque el refrán «Poco a poco hila la vieja el copo» parezca aludir a la paciencia, es más bien un aviso para escudriñar el siempre inestable sentido que cada momento es tejido en nuestras mentes laberínticas. En un aspecto práctico, ya desde el principio del intento de fijar calendarios, existió el problema de coordinar la cómodas fases de la Luna con el año solar y con los ortos y ocasos de estrellas, tejiendo los hilos de estos ciclos con el resultado de poder controlar el paso del tiempo.
Cuando la Diosa del Destino se triplica (Moiras griegas, Parcas romanas, Nornas escandinavas, Laimas bálticas): la primera hila las hebras, la segunda lo mide y la Vieja suele ser la tercera, la cortadora del hilo que marca el fin de cada existencia. En la antigua visión del mundo, nada es permanente, todo termina por acabar (valga la redundancia), incluso los dioses. En compensación, también todo es capaz de renovarse o renacer.
La Vieja Hilandera con su rueca y huso aparece en las comitivas de jóvenes que piden el aguinaldo para celebrar las fiestas invernales carnavalescas, en el noroeste ibérico la llaman Filandorra. En la sociedad tradicional rueca y huso eran el regalo ceremonial de boda del novio a la novia. En muchas aldeas los filandones eran las veladas invernales donde las mujeres se reunían para hilar, estando prohibida la presencia de varones.

La matriz de la Diosa: ranas y sapos

● La Diosa en su doble aspecto de dadora de vida y acogedora en la muerte se acoge en figura de animales que, por su forma o su hábitat, evocan al útero materno, especialmente como batracios, rana o sapo, y en menor medida como erizo o pez. Marija Gimbutas anota algunos eslabones de la permanencia de estos símbolos desde los grabados del Paleolítico y las esculturas neolíticas, hasta los exvotos de rana ofrecidos en gratitud por la curación de enfermedades ginecológicas o contra la esterilidad y para asegurar el embarazo, todavía presentes a principios del siglo XX d. C. en santuarios marianos del sur de Alemania y Centro-Europa. El sapo era la principal manifestación de Pagana, la diosa lituana de la muerte y la regeneración.
En esta asociación simbólica se basa la teoría griega de la histeria femenina, atribuida a un útero (ýstera) inquieto, viajero por el cuerpo de la mujer. Muchas de las ranas de los cuentos de hadas, que viven en estanques o pozos, y devuelven la manzana de la felicidad, o se transforman en princesas, se basan en la misma simbología.

Sapo y Sierpe

● El sapo añade un carácter venenoso, lo que enlaza la figura uterina procreadora con la muerte, en una coincidencia de opuestos, muy típica de la mentalidad simbólica de las Diosas, pero que cedió paso ante la imposición de las ideologías basadas en dualismos excluyentes. En la Biblia (Apocalipsis XVI, 3) son espíritus inmundos, diablos que surgen de la boca. Los endemoniados exorcizados se representan escupiendo y expeliendo ranas o sapos. En el platillo de las malas acciones de la balanza justiciera de San Miguel se hallan los batracios. Su aspecto casi siempre ha inspirado repulsión y ha conseguido ser el animal más relacionado con el infierno y sus habitantes, diablos y demonios, así como con sus sirvientes humanos, los brujos. El sapo vivo o muerto ha formado parte de las pócimas más extrañas y absurdas para uso médico, mágico, o puramente supersticioso. Se pensaba que había que tener mucho cuidado con su piel verrugosa. Aunque el manejo ordinario del sapo común no es peligroso, ni origina verrugas como se cree vulgarmente, es cierto que las sustancias venenosas y cáusticas que segregan diversas glándulas de la piel, que le sirven para librarse de sus depredadores por los picores y la acción paralizante que ejercen en las mucosas de sus enemigos, terminan por completar el decorado de repugnancia.
Como es más aparente cuando llueve, se lo ha vinculado con la magia para provocar la lluvia. Y como el agua es fecunda, el sapo se asocia con el deseo sexual y la lujuria, pues a principios de primavera es fácil verlos copulando en charcas y ríos. De ahí que en los cuentos los sapos (o las «sapas») sean príncipes (o princesas) encantados por alguna falta o pecado, o simplemente maldecidos, y con capacidad potencialmente reversible de regresar a ser bellos y atractivos, si son capaces de transformar la lujuria en amor redentor, o más prosaicamente, si cambian sus deseos fantasiosos por relaciones afectivas concretas.
Un aspecto debatido es el posible uso de la bufotenina, un componente de la secreción de las glándulas parótidas del sapo, que presenta propiedades alucinógenas. En la antigua Europa pudo formar parte de los brebajes psicodélicos, pero no está aclarado si los sapos comunes europeos producen bufotenina en cantidad suficiente para provocar alucinaciones. La leyenda de los rebaños de sapos de las brujas pudo surgir por el hecho de mantener algunos de ellos, según una acusada de brujería por la Inquisición española, para «ordeñarlos» mediante azotes con un brezo, y recoger el exudado para añadirlo a sus untos. Posiblemente sólo fuera un componente más de las extrañas sustancias de valor simbólico de las pócimas.

● En la tradición medieval ranas y sapos fueron muy representados lamiendo o chupando las tetas de las mujeres. Por su asociación a vagina y útero se asemejaban a la boca del infierno que se hincha para aspirar el semen masculino. Casi siempre aparecen en contextos de jóvenes amantes, pues la lujuria y la muerte se figuraban con la presencia de batracios, en castigo por el pecado erótico. Los sapos acompañan a la muerte, pues se decía que surgían de la podredumbre del cadáver, se los ponía sobre esqueletos, como la célebre rana de la fachada de la Universidad de Salamanca. A veces se los hizo alegoría de la gula por la falsa creencia de que comen tierra, debido a su costumbre de enterrarse para hibernar.

● El erizo, animal nocturno e hibernante, estuvo siempre asociado al plenilunio, y su esquema era una bola con espinas que era colocada en las tumbas, como signo de regeneración.

● El pez tuvo un importante santuario neolítico en Lepenski Vir, en la región danubiana de las Puertas de Hierro, con un tipo, único en su género, de esculturas de la Diosa Pez.

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