04 Enero: Reglas del Calendario (II. Almanaque)

ALMANAQUE

● La expresión o representación concreta de un calendario es el almanaque, mapa del año, que en nuestra cultura aparece habitualmente impreso o dibujado, aunque podríamos manifestarlo de muchas maneras por medio de: incisiones en palos, cuerdas anudadas, guijarros sobre tableros, cuentas ensartadas, grabados en piedra, ábacos, etc.

Parapegma encontrado en Roma (actualmente desaparecido)

Almanaque procede del árabe al-manakh, «parada de un viaje», en sentido literal «arrodillarse el camello», cuando la caravana se detenía para establecer un albergue, y se aplicó a las «mansiones» del sol en su recorrido por el círculo celeste del zodíaco, aunque es posible que primero se aplicara a las mansiones de la luna. En todo caso el sentido es parecido al de solsticio o estancia del sol en sus dos períodos de descanso o reposo anual, pues la fijación de los solsticios ha sido la preocupación fundamental desde la Prehistoria para establecer el calendario. En árabe, al-manakh acabó significando «clima», pues los primeros almanaques incluían pronósticos meteorológicos, costumbre que aún persiste en la actualidad.

● Las efemérides anuales parecen surgir en Oriente en torno al siglo X, y en el siglo siguiente ya se desarrollan almanaques en España, pues ya desde el siglo IX se habían introducido en al-Andalus las tablas astronómicas, cuando el Sindhind se empezó a conocer en nuestra Península. Esta obra de origen indio se supone que es el «Tratado corregido de Brahma» (Brahmasphuta Siddhanta) del astrónomo y matemático Brahmagupta, jefe del observatorio de Ujjain (Rajastán), obra escrita hacia el año 628 y traducida al árabe en tiempos del califa abasida al-Manzur en Bagdad (h. 770). Es el primer texto conocido que usa el cero como entidad propia. De este libro escribió dos versiones el famoso al-Juarizmi con el nombre de Sindhind zij.
En su sentido moderno las efemérides proceden de escritos astrológicos en relación con el calendario, cuyo primer ejemplar conocido es el «Libro del Almanaque» del matemático y astrónomo granadino Ibn al-Banna (1256-1321), aunque se trasladó a estudiar a Marraqués y luego enseñó en Fez.
En el Medievo europeo el tipo mas frecuente de almanaque era llamado Cisiojanus: composición de 24 versos hexámetros cuyas sílabas aluden a una fiesta del día. Tuvo su origen en el norte de Alemania hacia el siglo XII. Era un recurso mnemotécnico para recordar las principales celebraciones del calendario litúrgico. Toma el nombre del primer verso que comenzaba: «Cisio Janus Epi…», donde Cisio alude a Circuncisión, Janus a Enero, Epi a Epifanía, y así sucesivamente.

Parapegmas griegos

● Precursores del almanaque fueron los parapegmas (o parapegmata, plural de parapegma, «fijar al lado, registrar»), calendarios astro-climáticos griegos que consistían en listas públicas grabadas en piedra o madera, que podían copiarse para pintarlas en las paredes de las casas. Estos almanaques se basaban en el calendario lunar y además se insertaba distintos tipos de información astronómica, como fechas de ortos y ocasos de algunas estrellas fijas, y pronósticos del témpero, al estilo de las actuales cabañuelas. Durante mucho tiempo se creyó que los fenómenos meteorológicos estaban provocados por influencias astrales. Los griegos se basaron en la tradición de los «astrolabios» babilónicos (por ejemplo, tablas Mul-Apin), reservados a los templos y la corte, pues las listas y notaciones astronómicas servían para establecer las fechas de las fiestas sagradas. Los parapegmas griegos influyeron a su vez en los anwa árabes.
Se atribuye a los astrónomos Metón y Euctemón (siglo V a.C.) la invención de los parapegmas, aunque el primero conocido se remonta a Conon de Samos (mediados del siglo III a.C.). En su forma más habitual, en la base del parapegma se taladraban 30 orificios, en los cuales se insertaba una clavija correspondiendo a cada día del mes lunar. Al lado de cada orificio se escribía la información astrológica para informar de los pronósticos. Algunos ejemplos aparecen en las «Geórgicas» de Virgilio, donde cuenta que el 17º día lunar es propicio para plantar la vid, mientra el 9º día resulta afortunado para los fugitivos y desafortunado para los ladrones.

● El término efeméride, de efemeros, «diario», surge de las notas que los astrónomos debían ir registrando para poder ordenar y consultar los datos para las predicciones. Ptolomeo de Alejandría escribió un tratado sobre las «Fases de las estrellas y colección de los cambios climáticos», más conocido como las «Fases» (Faseis o Phaseis), base del parapegma, donde aparecen listas de ortos y ocasos de estrellas y constelaciones, efemérides solares de solsticios y equinoccios, y los cambios climáticos en las estaciones regulares. Ptolomeo, aunque escéptico respecto a la posibilidad de que las fases de ortos y ocasos de las estrellas sirvieran para efectuar predicciones meteorológicas, siguió los criterios tradicionales en su obra.
Con los cómputos astronómicos se pretendía predecir los fenómenos climáticos, en realidad una sarta de tópicos, compuesta como resumen de observaciones transmitida en refranes y frases proverbiales. La variación y discordancia entre pronósticos y acontecimientos meteorológicos se explicaba por las distintas influencias ejercidas por los astros, en definitiva, la predicción del témpero era considerada un arte astrológico, sin base alguna, pues parten del error de confundir causas y efectos. Hubo más tratadistas que no creían en estas ideas, Columela critica que témpero y clima dependan de las estrellas, y Gémino argüía que los fenómenos astronómicos no son causas, sino tan sólo señales indicativas de los cambios meteorológicos que usualmente ocurren en cada época el año.
En Occidente, árabes y judíos elaboraron y adaptaron los parapegmas griegos en los antecedentes de los almanaques actuales. Inicialmente, además de los pronósticos, se incluían algunos consejos de moral o de higiene. En Europa a partir de la invención de la imprenta se difundieron los almanaques, con una progresiva aceptación e interés de un público cada vez más amplio. Las recomendaciones de estos panfletos se reflejaron en el refranero tradicional identificando ortos y ocasos helíacos de estrellas con las fechas del Santoral cristiano.
La tradición europea de los almanaques pronto se dividió en dos bloques. Por un lado, a partir del Siglo de las Luces, los estrictamente científicos con efemérides astronómicas para favorecer las observaciones; y por otra parte, los almanaques populares que incluyen datos astronómicos, mezclados con un batiburrillo de fechas útiles (fiestas, ferias, etc), nociones astrológicas, pronósticos metereológicos (sacados de métodos al estilo de las Cabañuelas, aunque parece que se los inventaban), períodos favorables para labores agrícolas y curiosidades diversas. Todo ello provoca que «El almanaque no es de creer, pero es de temer», lo mismo que se le dice a una persona que emite juicios poco fiables: «Mientes más que el Zaragozano», un almanaque español actual de este tipo. Se cuenta que el hijo del fundador de este almanaque le preguntó: «¿Que pongo para agosto?», a lo cual el padre respondió: «Cualquier cosa, menos que nieva».

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