03 Octubre: La contemplación del cadáver

LA CONTEMPLACIÓN DEL CADÁVER

Santos convertidos por la visión de un cadáver

«Nunca más servir a señor que se me pueda morir»

● La «contemplación del cadáver» ha sido motivo de conversión en muchos santos. En el caso de San Francisco de Borja esta impresión le ocurrió en la Capilla Real de Granada (18 mayo 1539) al entregar los restos de la emperatriz Isabel de Portugal y contemplar el rostro podrido de la mujer que tan hermosa había sido en vida, la leyenda dice que exclamó: «Nunca más servir a señor que se me pueda morir».

San Francisco de Borja (1510-1572) (hoy, 03 octubre), nacido en Gandía en la familia Borja, Borgia en Italia, descendía por líneas bastardas del papa Alejandro VI (Rodrigo de Borja) y del rey Fernando el Católico. Favorito del emperador Carlos V, se casó con la dama portuguesa Leonor de Castro de la corte de la emperatriz. Sufrió una fuerte impresión cuando murió de improviso la reina Isabel, de cuya protección se encargaba él durante las frecuentes ausencias del emperador. Fue nombrado virrey de Cataluña y a la muerte de su padre adquirió el título de IV Duque de Gandía. En 1546 al morir su esposa dispuso los asuntos familiares de sus ocho hijos e ingresó en la Compañía de Jesús, llegando a ser su tercer general.

● Tres siglos antes le había pasado lo mismo a San Silvestre Gozzolini (1177-1267) (26 noviembre), un canónigo de la catedal de Ósimo, que harto de las controversias políticas de su época, se convirtió a la vida contemplativa con 50 años de edad tras la vista de un sepulcro abierto donde yacía el cadáver de un amigo, notable por su hermosura. Se retiró como ermitaño en diversas grutas y se hizo famoso por sus poderes milagrosos. Es fundador de la rama monástica de los «silvestrinos» o «benedictinos azules», de tendencia eremítica, surgida a partir de su monasterio de Monte Fano en Fabriano (Las Marcas). La silvestrinos se especializaron en la acogida de peregrinos y buscadores espirituales, y en la devoción a la Santa Faz.

● Unos cincuenta años después de la experiencia de San Silvestre, el impacto y la conversión le sobrevinieron a Santa Margarita de Cortona (1247-1297) (22 febrero) al ver el cadáver putrefacto y cosido a puñaladas de su amante, asesinado en el bosque y escondido por los bandidos bajo unas ramas. Después de tres años de rigurosa penitencia, se hizo terciaria franciscana y destacó como visionaria. Sus éxtasis eran frecuentes y, escritos por su confesor, se han conservado algunos de los coloquios que mantenía con Cristo y la descripción de sus visiones. Intervino de mediadora en asuntos políticos y fundó un hospital. Después, influida por los «espirituales» franciscanos, se fue a vivir a una celda sobre el monte que domina Cortona, cerca de la iglesia que había hecho construir, pero las ingerencias de la rama oficial de la Orden la llevaron a abandonar a los frailes menores en la última etapa de su vida. Alcanzó fama y mucha gente acudía a ella en busca de consuelo espiritual. A pesar de la dureza de su vida ascética, como en algunos de sus éxtasis reía con alegría, el mismo Señor la reprendió porque «parece hija mía, que quieres convertir esta tierra en paraíso». Tras los fundadores, San Francisco y Santa Clara, Margarita se consideraba a sí misma como la «tercera luz» o vía del franciscanismo.

● Por cierto, existen dos santos obispos franceses con el espeluznante nombre de San Tétrico, uno de Auxerre (707) (12 abril), vilmente asesinado por su arcediano, tras hacer pública la vida escandalosa de éste; y el otro, de Langres (573) (18 marzo). El nombre fue llevado previamente por dos emperadores romanos de Las Galias, Tétrico I y II, escindidos de Roma durante unos pocos años (270-274).

La meditación del cadáver

La «meditación del cadáver» es habitual en algunas religiones, como la hindú y la budista, donde además de la contemplación en los crematorios y cementerios, existen métodos específicos de concentración imaginativa sobre la descomposición del cuerpo muerto. En el budismo theravada se llama kayanupassana y pretende acentuar las nociones de impermanencia vital, muerte inevitable de todo lo nacido y fin irremediable de todas las cosas. En Japón incluso existió un estilo pictórico (kuzôsu) desde el siglo XIII hasta fines del XIX, que mostraba las nueve fases de putrefacción de un cadáver, con el mismo sentido de ahondar la meditación sobre la existencia provisional de todos los seres.

En la mayoría de las tradiciones espirituales, la mortificación simbólica es siempre un paso previo para la regeneración. El cadáver es alegoría del yo prepotente y del personaje al que nos aferramos y que se intenta eliminar para renacer, pues la muerte simbólica siempre supone la renovación.

El método es mucho más antiguo, ya en los trances de iniciación de los aspirantes a ser chamanes se describen etapas de descarnación y evisceración progresivas del propio cuerpo hasta llegar al estado de esqueleto. Después viene la recomposición a partir de una nueva carne que lleva incorporada cristales mágicos. Tras obtener el «cuerpo luminoso» se renace o se resucita a una nueva vida, mostrando una nueva sabiduría.

Santos enjoyados

San Vicente «Guerrero» de La Malahá (Granada)

Entre los siglos XVI y XVIII se estableció un floreciente negocio de tráfico de reliquias de esqueletos humanos provenientes de las catacumbas romanas, que tras ser exhumados se esparcieron por toda Europa. La inmensa mayoría eran restos anónimos, que se ligaban a mártires indeterminados o se atribuían a santos ficticios, que a veces llegaron a tener culto local. Muchos clérigos o nobles católicos pugnaban por conseguir estos huesos para sus iglesias o capillas particulares. En Europa Central tras las guerras de religión hubo mucha destrucción de imágenes y se palió en parte con esta invasión de reliquias. Los «santos» eran vestidos y decorados con todo detalle, en algunos casos con gran cantidad de joyas, sorprendente por su variedad y riqueza.

Osarios sagrados: «Lo que tú eres, yo era; lo que yo soy, tú serás»

«Tú serás lo que yo soy»

● Otra modalidad de contemplar los restos de los cuerpos muertos fue la acumulación de huesos procedentes de cementerios monásticos, conventuales o civiles, dispuestos en formas decorativas en capillas o criptas. Con inicio en la Baja Edad Media, tuvieron su auge en la época barroca. Entre los osarios sagrados más conocidos están: Capilla de los Huesos del convento franciscano de Évora y otra del mismo nombre en Faro, ambas en Portugal; en Italia se encuentran la cripta de Santa María de la Concepción de los Capuchinos de Roma y el osario de San Bernardino en Milán; los osarios austríacos de Eggenburg y de Hallstatt, éste último con los nombres de los difuntos pintados sobre las calaveras; en Chequia existen varios, el más espectacular es el osario de Sedlec, por las extrañas figuras hechas con los huesos.

Danza Macabra

Danza de esqueletos

La etimología de macabro es incierta. Se admite que la expresión latina Chorea Machabaeorum, «Danza de los Macabeos», en francés pasó a ser la Danse Macabre. Se alude a la tortura y muerte colectiva de siete hermanos y su madre narrada en los libros bíblicos de los Macabeos, en el contexto de la rebelión judía contra la dinastía helenista de los Seleucidas. Otros lingüistas creen que procede del árabe maqbara (plural maqabir), que significa «tumba, cementerio», de la raíz qabar, «enterrar a un muerto».

La Danza Macabra o de la Muerte surge, al igual que los osarios, en la Baja Edad Media, en especial adquiere auge tras la Gran Peste Negra que azotó Europa en mitad del siglo XIV (1347-1353). En su origen fueron unas representaciones religiosas de Semana Santa que pretendían insistir en la preparación espiritual para la muerte, en especial la ocurrida repentinamente. En la danza macabra, lenta y lúgubre, bailaban personajes de los tres estamentos sociales medievales con sus parejas disfrazadas de esqueletos, para recordar que nadie se salva de tan funesta compañía, que nos abraza justo cuando perdemos la vida.

El género caló e invadió todas las artes y en gran parte perdió su sentido religioso, para volverse simplemente laico y profano. La Danza de la Muerte surge en pinturas, poemas, música, esculturas, …, extendiéndose por toda Europa y, aunque decae a partir del siglo XVII, sus restos llegan hasta hoy, alcanzando una gran variedad, incluidos la mofa y el humor negro. Actualmente poco queda de esta extraña espiritualidad, la muerte es tabú y casi nadie contempla «en vivo» los restos de los muertos. Además el tema es proclive a caer en lo grotesco, morboso e incluso patológico.