02 Enero: Mascaradas de Invierno

MASCARADAS DE INVIERNO

Enmascarado de Bulgaria

● En la tradición europea las máscaras invernales representan a los espíritus del año viejo, justo en el momento de cambio de año, en el tiempo «muerto» de toda transición entre lo que fue (pasado) y lo que será (futuro), que en Europa solía coincidir con el solsticio invernal. De ahí que suelen aparecer en las Doce Noches Santas, por Navidad, o más avanzado, en la primera mitad del invierno astronómico, y a partir de la Baja Edad Media también se incorporan en el Carnaval.

En España, a primeros de año, en los días de Nochevieja, Reyes Magos y Niño Perdido (octava de Reyes Magos), aparecen los primeros enmascarados: zangarrón de Montamarta, carochos de Riofrío de Aliste y obisparra en Sarracín de Aliste, entre otros muchos pueblos de la provincia de Zamora; guirrios asturianos; botarga de Valdenuño (Guadalajara); zamarracos de la mascarada del primer domingo del año, llamado La Vijanera en Silió-Molledo (Cantabria), donde destaca la presencia del oso. En los Alpes bávaros salen cortejos con atuendos y viejas máscaras de madera en representaciones de los espíritus de estos días alrededor del solsticio invernal. Entre los Balcanes y Ucrania los festejos de cambio de año son celebrados por grupos juveniles de enmascarados, en algunos casos, p. ej. los coledari de Serbia y Bulgaria, su nombre deriva de calendas.

● La máscara, la pintura del rostro y los disfraces de pellejos transforman los aspectos y las facciones cambian a la persona para representar a otro personaje. Los dos colores que siempre aparecen son: el negro, color demoníaco y símbolo del inframundo, en cuanto oscuro, tenebroso e insondable, donde se reunen las almas de los muertos esperando la regeneración; y el rojo, de los diablos ígneos y ensangrentados.

Primitivamente los enmascarados solían disfrazarse de animales, en cuanto símbolos de diferentes conceptos religiosos y sociales, por ello se vestían con atuendos de pieles, y adornos de cuernos, plumas, colmillos, etc. Las caras se tiznaban de negro o se pintaban con colores expresivos. Posteriormente cuando las entidades espirituales se iban «humanizando» las ropas se diversificaron en sus formas y proliferaron los colores llamativos y se añadieron el amarillo y el verde; en la cabeza se ponen tocados de todo tipo y gorros cónicos; en los rostros se antepusieron caretas y máscaras, que aún manteniendo rasgos animalescos expresaran mejor las emociones humanas.

Guirrios de Asturias

A muchas máscaras se las llama demonios o diablos, en especial los que salen por San Antón o San Sebastián, pero no hay que confundirlos con secuaces de Satán, ni considerarlos en sentido religioso de enemigos de la fe. En su origen eran démones, en el sentido griego de esa palabra, figuras de los espíritus ancestrales, que cada año regresan al mundo terrenal o intermedio para echar un vistazo y pasar revista a la vida de la gente, purificar los pueblos y fertilizar campos, ganados y humanos. En la tradición popular europea, más que seres infernales en sentido cristiano, los demonios eran personificaciones abstractas de los pequeños males que nos aquejan: accidentes, mala suerte, molestias, enfermedades inoportunas; o grandes infortunios: hambre (siempre acechante en invierno), catástrofes, epidemias. En resumen, todo lo indeseable de la vida. Como la Iglesia no pudo extirpar estos personajes festivos, los usó para acentuar su aspecto maligno de provocadores de pecados y enemigos acérrimos de la obra de Dios. En conjunto, los seres que vienen de los Otros Mundos del Más Allá son ambiguos y ambivalentes, pueden traer tanto el bienestar y la dicha, o por el contrario, malestar y desdicha.

Se portan cencerros, esquilas o campanillas, haciéndolas sonar por todo el territorio local para purificarlo mediante el sonido y liberarlo de males. Fue un recurso muy usado por los pastores para ahuyentar a lobos y espantar a los malos espíritus de las epidemias y enfermedades del ganado.

Suelen blandir instrumentos fustigadores entre una amplia panoplia de armas de pega: tenazas, cuernos, tridentes, vejigas, cachiporras, látigos, calabazas, varas; todas con el objeto de golpear a la gente, especialmente a las mujeres, acción considerada benéfica. A este arsenal se une el lanzamiento a todos aquellos que se cruzan en su camino de polvos ensuciadores, como ceniza, paja, harina, hormigas; o les restriegan untos de hollín, almagre, gachas, corchos quemados. A pesar de que todas estas acciones tengan un barniz de hostilidad o burlas pesadas, en su origen todos ellas tenían un sentido alegórico de favorecer la fertilidad. Las primitivas alegorías fecundantes se mostraban en bromas eróticas y obscenidades, untos y unciones.

● Los enmascarados suelen ir acompañados de un cortejo de figuras estrafalarias que en conjunto parecen representar un drama cuyo argumento se vislumbra, pero se ha perdido, por el cambio de modas, supresiones y añadidos a lo largo del tiempo. Irrumpen en plazas y calles con movimientos impetuosos, carreras, ruidos, gritos, saltos, arrollando todo lo que pillan a su paso, ejecutando jeringonzas y cabriolas con gestos estrafalarios y llamativos, que se desarrollan en los espacios públicos de la propia localidad y en las lindes con los pueblos vecinos. En el elenco de personajes del cortejo se encuentran: Vieja Hilandera; diablos, demonios y fantasmas; galanes y madamas, o pareja de novios recién casados; entre otros. El sentido general venía a ser una lucha entre el mal del año acabado y el bien que se espera del año por venir.

Jurrus de Alija del Infantado (León)

Parece ser que originalmente las mascaradas más antiguas se limitaban a sólo uno o dos enmascarados, que sólo emitían gritos guturales y hacían sonar sus cencerros, y que el acompañamiento de más personajes fue una evolución posterior. Otros investigadores creen que pudo ser al revés, que se representaba un drama de muerte y resurrección, con la participación de distintos intérpretes, y que luego se fueron reduciendo sus componentes.

Es curiosa la importancia del número tres en algunas mascaradas, como en la de Montamarta (Zamora), donde el Zangarrón lleva colgados tres cencerros; lleva un un tridente, con el golpea tres veces en la espalda a los mozos que captura; cuando llegan las autoridades, o una moza le da una buena propina, da tres saltos; si entra en la iglesia hace tres genuflexiones. Esta importancia reaparece en otros ciclos festivos, por ejemplo, en la romería de Ceclavín (Cáceres), los jinetes de la romería del Cristo de la Encina circunvalan la ermita tres veces en dextrógiro. En los paramentos de la ermita un epígrafe votivo está dedicado a una divinidad prerromana Salamati, probablemente un dios del roble.

● En las mascaradas tradicionales que han sobrevivido, ocupa un lugar destacado el componente de un rito de paso de iniciación juvenil a la edad adulta, pues los intervinientes suelen ser los mozos solteros, tanto en su organización como en su ejecución. Con ello demuestran que son aptos para asumir responsabilidades sociales e integrarse en el mundo de los adultos. Pero este puede ser uno de los posibles desarrollos surgidos de estas fiestas, pues los botargas y otros personajes similares comprenden muchos aspectos simbólicos, uno de ellos se relaciona con los seres fecundadores en general, aunque suelen especializarse, según el contexto económico y social pre-industrial en dos tipos: el vegetal-agrario-matriarcal, o el animal-ganadero-patriarcal. En este segundo tipo es donde más se acentúan los ritos de los jóvenes varones y quedan más ocultos los aspectos femeninos.

Naturalmente por estas fechas los enmascarados siempre piden aguinaldos para celebrar un convite, por eso se llamaban «aguilanderos» en algunos pueblos. Con lo obtenido se organizan comidas, ya sean restringidas al grupo de comparsas, o comunales para reforzar la unión de los miembros del grupo social.

Cucurrumachos de Navalosa (Ávila)

● Quizá la faceta más importante y primitiva de la mascarada fuera la de ser instrumento para el trance, ya sea extático o de posesión. La máscara forma parte de un disfraz, un artilugio para representar a una entidad diferente de quién se oculta tras ella. No tanto para esconder la propia persona, entidad siempre precaria, sino para despojarse de ella y permitir ser receptáculo del ser invocado que se hace cargo de nuestras acciones, y así tal vez podamos asimilar otras posibilidades de existencia y apropiarnos de sus poderes. Cada máscara para ser eficaz tiene que estar habitada por un espíritu, fuerza o energía del universo mental, que solía ser alegorizado por un animal, o más tarde por cualquier otro personaje abstracto, híbrido o imaginario. Recordemos que la palabra «persona» deriva de la máscara llevada por los actores del teatro clásico para representar un personaje. Somos personas en cuanto nos pensamos e imaginamos según nuestros hábitos y costumbres sociales, pero más allá de estos límites existen muchas más posibilidades de existencia. La experiencia del trance, individual o colectivo, permite explorar las zonas desconocidas de nuestra mente, siempre que se supere el miedo y el terror a lo desconocido y la experiencia ocurra en un contexto ritual que prevenga los posibles accidentes que puedan suceder al liberar ingentes cantidades de energías incontroladas, en forma de fantasías y emociones, que nuestro endeble ego no pueda manejar, y en vez de liberación ocurra un ataque de locura que hunda aún más al individuo o a la comunidad. Como el trance, al igual que la meditación y otras artes mentales, requiere de aprendizaje y práctica, cuando se perdía tal enseñanza se recurría a simulacros, lo habitual que solía ocurrir era la actuación dramática de falsos trances, representada en rituales y ceremonias teatralizadas, pues lo que importaba era la repercusión social de los rituales para obtener el beneplácito de los dioses y encauzar los poderes del clima, la fertilidad de la natura y las actividades económicas para el bienestar colectivo en el nuevo año, y si no acontecía así, siempre había tiempo de achacar la mala fortuna a algún error cometido, o se buscaba un culpable o una víctima propiciatoria.

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